Si pensabas que era el final estarías tan equivocado.
Era el comienzo.
Decir un comienzo con sabor a poco, es poco.
Una sensación triste que a la vuelta se transforma en alegría.
Como un camino baldío repleto de flores amarillas iluminadas por el sol de la
tarde.
Caminamos sin vernos.
Como un atardecer ciego, como un fuego de hojas húmedas.
—Parece que va a llover—,
dice un extraño que se sienta a mi lado.
Es extraño porque hace un rato me dijeron lo mismo
y ante la mínima inestabilidad climática
corrieron como si tuviesen miedo,
como si fuese a pasar algo malo.
—Yo no creo que llueva ni hoy ni mañana
y tampoco me preocupa—,
contesté.
—Me voy pero no tengo ganas de irme—,
eso también me dijeron.
Lo inestable son tus sentimientos, pensé,
lamentando tanto desperdicio de buen gusto.
Si pensabas que era el final estarías tan equivocado.
Era el comienzo.
Decir un comienzo con sabor a poco, es poco.
Una sensación triste que a la vuelta se transforma en alegría.
Como un camino baldío repleto de flores amarillas iluminadas por el sol de la
tarde.
Caminamos sin vernos.
Como un atardecer ciego, como un fuego de hojas húmedas.
Sos un placer silencioso.
Algo oculto que se muestra por momentos activo,
en un centro, en un baile eterno,
en una comedia romántica,
pero comedia al fin.
Sos una gracia escénica.
Una explosión repentina en algún planeta.
Sos una lágrima secada por tu pestaña.
Tus ojos hundidos,
tu mirada endeble,
tus rulos prominentes,
tu sonrisa letal,
tu corazón que palpita.
Sos como un aeropuerto lejano
donde todos los aviones que salen son de mentira.
Sos todo y no sos nada.
Quizás un cuento, un relato corto.
Quizás solo una imaginación mía.
Quizás no exististe.
Quizás el latido del cuerpo
que sentí el otro día
era solo el mío.
Quizás.
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